lágrimas del mar negro

22 Sep lágrimas del mar negro

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En casa de la abuela nicolashka las lágrimas estaban prohibidas hasta que llegaba el verano y nos trasladábamos a la casa del mar negro. allí era cuando la abuela nos permitía llorar todas las penas acumuladas durante los meses anteriores.

según la abuela las lágrimas atraían el frío y las nubes negras. y el invierno en rusia, decía, ya era demasiado duro para que nosotras lo oscureciésemos todavía más. aseguraba que, con sólo aguantarlas un poquito en el borde de los ojos, las lágrimas se deshacían, las penas se volvían más blanditas y acaban por olvidarse…

fuesen verdad o no las palabras de la abuela, lo cierto es que mis hermanas y yo no soltábamos ni una lágrima durante los meses que pasábamos con ella. lo más difícil era aguantarlas cuando mamá se iba de gira…pero pensar en que el cielo se volviese todavía más negro nos asustaba demasiado y al final ocurría: a fuerza de no dejarlas salir, las lágrimas y las penas se quedaban en algún lugar de dentro muy lejano y muy olvidado.

la abuela estaba convencida de que con esta disciplina de aguantar el llanto durante los meses del frío, acabaría por apartar para siempre la tristeza de nuestras vidas. y en parte, ha sido así…casi siempre.

cuando llegábamos a nuestra casa a orillas del mar, lo primero que hacía la abuela, incluso antes de deshacer las maletas, era llevarnos a un viejo embarcadero. nos sentaba a allochka, a klava y a mi, y nos decía: ahora niñas, llorad todas las lágrimas que habéis aguantado este invierno…el mar se las llevará muy lejos y esas penas que lloréis ahora no volverán nunca más…

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a pesar de que aquel momento en el muelle era verdaderamente feliz, las palabras de la abuela surtían un efecto extrañísimo. mis hermanas y yo comenzábamos a derramar lágrimas de una manera desconsolada. la abuela sentada a nuestro lado permanecía en silencio, mirando al infinito como buscando el punto exacto en el que se iba a hundir para siempre nuestro llanto.

cuando terminábamos de llorar la abuela nos envolvía en un grandísimo abrazo, nos íbamos a casa, abríamos todas las ventanas y dejábamos que de nuevo la felicidad y las risas se instalasen en nuestras vidas.

ahora que soy mayor y que la abuela nicolashka no puedo verme, reconozco que cuando llega el invierno siempre hay alguna lágrima que intenta escaparse. en esos momentos, corro a buscar mis viejas aletas rojas. son las únicas que consiguen de verdad que todas las penas se alejen, por lo menos hasta que pase el invierno.

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