las pinzas verdes

20 Ene las pinzas verdes

A la abuela Nicolashcka le encantaba ponerse pinzas verdes en el pelo. Y a mi me gustaba robárselas. Era como un juego. Cuando no las encontraba sabía que yo era la única causa de su desaparición.

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-Vova, has visto mis pinzas verdes?
-No babushka! Seguro que están en un bolsillo de algún sarafán.

Nosotras adorábamos los sarafán de la abuela. Tenía muchísimos: los de trabajar en el campo, los de hornear el pan de centeno y los de las tardes de estar sentadas en el porche contando historias antiguas… También nosotras teníamos los nuestros. La mayoría, confeccionados por la abuela. De colores intensos, cosidos con hilos dorados traídos desde San Petersburgo.

Los sarafán tenían su lugar especial en la casa. Un cuarto al lado de la cocina, junto a las escaleras. Una estancia que hacía las veces de vestidor y almacén en donde guardábamos los objetos más variopintos y estrafalarios, desde nuestros cazamariposas que se quedaban olvidados todos los inviernos hasta nuestras valenkis siempre esperando a cabalgar sobre nuestros pies entre los bosques de abedules.

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Ya he contado que vivíamos en una granja destartalada, la más maravillosa del mundo. La casa era el más fiel reflejo de la abuela: caótica, desordenada, excéntrica…pero cálida y acogedora. Una casa donde todos los sueños eran posibles, porque si alguno de ellos peligraba ahí estaba ella, dispuesta a cosernos todos los rotos que apareciesen en nuestra felicidad o a tejer aletas y escafandras que nos librasen de todas las cosas malas del mundo….

Pero volviendo a las pinzas verdes… La abuela se armaba de paciencia y rebuscaba por todos los rincones. Revisaba los bolsillos de mis delantales y cada uno de los 50 pares de aletas desperdigados por todas las habitaciones. Tampoco dejaba sin mirar ni un solo tarro de mermelada que mis hermanas y yo utilizábamos como una especie de cajones improvisados. Había de todo. Flores secas del verano, de las que cogíamos en las cunetas. Hojas de abedul para acordarnos de cómo olían los campos en los meses de calor. O sacapuntas de madera que mi madre nos traía de sus viajes. La búsqueda de la abuela llegaba también hasta las valenki y es que no era la primera vez que encontraba en su interior algún dedal o uno de nuestros lazos del pelo. Pero ni rastro de sus queridísimas pinzas verdes.

En realidad la abuela sabía dónde encontrarlas desde el primer momento. Yo siempre las guardaba en el mismo lugar. En el tercer estante de la despensa. Justo detrás del bote donde la abuela guardaba los pryanikis. El juego consistía en hacer que se desesperaba muchísímo. Se lamentaba en alto de lo despistada y descuidada que se estaba volviendo con la edad. Y de paso, como si no supiese que la estábamos escuchando, aprovechaba para regañarnos por el desorden que había en las estancias de la casa en las que jugábamos, que eran prácticamente todas…

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La abuela hacía todo ese pequeño teatrillo porque sabía cómo nos gustaba verla interpretar aquel papel de babushka. Aunque severa en los momentos precisos sabía administrar como nadie los momentos de disciplina con las horas de juego en lo que lo único que importaba era eso, jugar.

El juego finalizaba siempre de la misma manera. Cuando ya nos habíamos entretenido lo suficiente o considerábamos que la abuela empezaba a cansarse yo iba corriendo a su lado y le preguntaba.

-Abuela podríamos preparar un té con pryanikis?

Ella sonreía. Entraba en la cocina. Ponía agua en el samovar y se acercaba a la despensa. Al retirar el bote de pryanikis, allí estaban sus pinzas verdes. Soltaba una gran carcajada y decía:
-Pero qué despistada soy!!! Cómo se me habrá ocurrido dejar aquí mis pinzas? Vamos Vova, avisa a tus hermanas, es hora de merendar.

Y así acaba aquel juego. Todas sentadas alrededor de la mesa de la cocina y haciendo recuento de todos los lugares inverosímiles en los que la abuela había buscado sus pinzas. Cuando pienso en aquellos días, me viene a la cabeza una frase que a veces me decía: “Vova, recuerda siempre que no vuela el que puede, sino el que quiere”. Y yo, siempre he querido volar…

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